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Depósito de ponencias, discusiones y ocurrencias de un grupo de profesores cosmopolitas en Jaén, unidos desde 2004 por el cultivo de la filosofía y la amistad, e interesados por la renovación de la educación y la tradición hispánica de pensamiento.

sábado, 2 de diciembre de 2017

FILOSOFÍA PARA TODOS: FREUD. NO EXISTE LA IDENTIDAD CULTURAL




Amena exposición sobre el freudismo en diálogo con el marximo para empezar dentro de una serie de filosofía al alcance de todos.















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 Ana Azanza por la traducción

François Jullien: "La
identidad cultural no existe"- crítica a la
guerra entre culturas

Catherine Newmark

¿Europa es más cristiana que laica o más laica que cristiana? Las
dos cosas, en tanto en cuanto tanto la Cristiandad como la Ilustración son
europeas, dice el filósofo francés François Jullien. Usando el concepto de
“fuentes culturales” la emprende contra los fantasmas reaccionarios.
Mucho se ha hablado últimamente del miedo a la globalización como estímulo
del nacionalismo y la derecha populista en Europa y en Estados Unidos. El miedo
a la crisis económica y a la pérdida de la propia tradición cultural por los
movimientos migratorios, ha desencadenado la nostalgia de unas sociedades
cerradas y homogéneas, de un regreso a nuestros valores, al tronco de nuestra
atacada identidad cultural.



El filósofo y sinólogo francés François Jullien ha formulado una crítica
interesante en un provocativo ensayo titulado “No existe la identidad
cultural“, la argumentación filosófica con la que apoya esta afirmación es
conceptualmente difícil pero muy convincente.



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La controvertida cuestión de la identidad de Europa

Jullien opina que la palabra identidad aplicada a las culturas es un error
de base. La diferencia entre las culturas no se puede pensar en las categorías
de la diferencia entre identidades cerradas, el concepto de distancia es más útil
para entender esas diferencias. Así lo que acerca o aleja a las culturas no son
sus respectivas identidades sino sus respectivos recursos.



De modo ilustrativo se ocupa Jullien de la controvertida cuestión sobre la
identidad de Europa, cristiana para unos o laica, humanista y crítica de la
religión para otros.



Jullien opina que la polémica es infundada: Europa está tan marcada por el
cristianismo como por la Ilustración.
Ilustración y cristiandad constituyen recursos de la cultura
europea, ninguna excluye a la otra ni define Europa por sí sola. A diferencia
de los valores “los recursos culturales” no han de ser tratados como algo que
hay que defender o con lo que uno empatiza, sino que más bien hay que verlos
como algo que se puede activar y usar o también dilapidar.



El concepto de los recursos culturales no excluye a nadie

Con su concepto de recursos culturales Jullien ha encontrado una categoría
para la crítica de la globalización, que el filósofo considera uniformización
comercial y aplanamiento. Los recursos culturales, que van desde los usos del
lenguaje hasta las costumbres cotidianas pasando por las tradiciones- no son
globales ni iguales, sino particulares. Pero, y eso es lo interesante, no
excluyen a nadie, antes bien son útiles 
y utilizables por todos.



La valiente llamada de Jullien al uso de los recursos culturales puede
resultar conceptualmente exigente, pero ofrece unas instrucciones
filosóficamente útiles sobre cómo podemos y tenemos que pensar la relación
entre las diferencias culturales de modo fructífero. A saber, ni en el sentido
que pretende la globalización económica de una progresiva unificación ni en el
de la falsa alternativa de los valores universales frente al relativismo
cultural. Y sin caer tampoco en la
fantasía reaccionaria de la identidad cultural inalterada.




Un punto débil de la reflexión de Jullien es que deja de lado las
religiones, ya que en Europa no sólo hay un conflicto cultural, también hay un
conflicto religioso, y las religiones no admiten un “creer a medias”, se cree o
no se cree. No es posible “servirse” lo mejor de cada religión, los guardianes
de las respectivas ortodoxias acechan.






sábado, 25 de noviembre de 2017

EL MITO DE LAS TRES CULTURAS


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Mito frecuente en los florilegios retóricos de las campañas electorales es el de un al-Andalus en que convivieron pacíficamente tres culturas hasta la llegada del “bárbaro del norte”. 

Resulta oportuno criticar esta imagen idílica después de los lamentables sucesos que siguen enfrentando al Islam con el Mundo Occidental y con su modo de vida, particularmente si los políticos no aprenden de su historia ni la leen. La evidencia es frágil porque en general preferimos lo que se dice o se sueña, sobre todo si se nos repite con autoridad mediática. Pero la idealización y reforma de la realidad es un deber que sólo puede hacerse eficazmente desde un diagnóstico realista.

Américo Castro y otros propalaron la exageración de que al-Andalus fue un paraíso en el que convivieron felices tres religiones hasta que los cristianos desmantelaron aquella fructífera armonía. Incluso la decadencia del Imperio español sería un efecto directo de la expulsión de sefarditas y moriscos. Aunque no cabe duda de que dicha expulsión empobreció a España, la leyenda de una convivencia pacífica entre las tres culturas no se sostiene. Los documentos prueban que la convivencia pacífica, continua y feliz de tres religiones no es más que una ilusión. Tal convivencia fue una excepción coyuntural y forzada: la cooperación fue a veces un mal necesario, pero no regla ni fin querido y, por supuesto, careció de continuidad. Todos desconfiaban de todos y todos intentaban sojuzgar a todos. Lo que hubo fue un sistema de aislamiento y recelos permanentes desde los tiempos más remotos.

 Salvo para arabófilos de salón (¡salón europeo, claro!), el Islam no está libre de propensión racista: “¡Creyentes! ¡No toméis como amigos a los judíos y a los cristianos!” -receta el Corán. El Islam contemporáneo reproduce represiones superadas del todo en el mundo civilizado. Los tres millones setecientos mil pecados diarios que las autoridades religiosas atribuyen a las mujeres, por cada roce con varones, son los que les calculan a las que osaban montarse en los minibuses de Teherán. Esto no es más que una ridícula muestra de una moral medieval que ofende brutalmente la más elemental libertad de movimientos de las personas (persona es un concepto metafísico occidental).

Los judíos, por su parte, ya aportaron al pensamiento racista su noción de “pueblo elegido”, en el que la sangre resulta teológicamente determinante. No debió servirles de mucho, porque en Castilla, “el pueblo de Dios” fué considerado propiedad particular del Rey, ya que los Padres de la Iglesia habían decidido su condena a eterna servidumbre. La Inquisición católica cuidó que aquello no quedara en  teología teórica. El concepto de “pureza racial” está presente en la tradición bíblica, pero tiene también importancia para cualquier minoría empeñada en sobrevivir y conservarse mediante la endogamia, aunque dicha minoría cultural viva enquistada parasitariamente, como subcultura, dentro de otra más civilizada y mejor educada...       

Contra el mito de una Andalucía mudéjar, se puede decir que la castellanización del sur de España fue profunda y radical. Andalucía es la Nueva Castilla. Pretender que los andaluces actuales descendamos sólo de “los moros” y de los judíos es tan iluso como pretender que los castellanos descienden de “los godos” o los gallegos de los celtas y los suevos. De todas formas no fue la “raza” (¿existe tal invento?) ni el idioma (el hebreo era una lengua muerta), sino la patrimonialización de lo divino y, por supuesto, el afán de poder, gloria y recursos económicos, la causa de conflictos. Por eso la repetición periódica de encuentros y otros “juegos florales” entre religiones acaba invariablemente en un callejón sin salida; todos se creen en posesión de la Verdad.

La posibilidad de una integración efectiva resultará imposible si una parte está desesperada o en la miseria y la otra asustada, si una padece tiranías y la otra infantilismo voluntarista, imposible sin una educación civil independiente del adoctrinamiento religioso. Por fuerza, quien carece de derechos personales, de dignidad individual, carece también de deberes o compromisos sociales.

                                                

                                       

domingo, 5 de noviembre de 2017

UNA HISTORIA DE LA FILOSOFÍA ESPAÑOLA



Ana Azanza


“Historia de la filosofía española, su influencia en el pensamiento universal” (2007) de Heleno Saña no podía resultar un libro más intempestivo  y a la vez más necesario en los tiempos que estamos viviendo, en el que hace falta valor para reclamar algo “español” o simplemente España por el tinte franquista que hemos dejado caer sobre ambas palabras al habernos saltado una etapa histórica esencial tras la salida de una dictadura: la que corresponde al tiempo de encarar la realidad de “lo que pasó” y las numerosas complicidades que de la noche a la mañana desaparecieron como por ensalmo. La mala conciencia nos persigue.

viernes, 27 de octubre de 2017

FILOSOFÍA Y POLITICA

El “Atlas del pensamiento universal” de Heleno Saña, barcelonés residente en Alemania, es cuando menos un osado proyecto, puesto que en menos de 300 páginas el autor se propone dar un repaso sucinto y a vista de pájaro de toda la historia de la filosofía. Empieza por no dejarse los pensadores de China, India y Persia, antes de atacar los presocráticos y el recorrido habitual hasta llegar a la posmodernidad y la teología y filosofía de la liberación.

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No es un libro para especialistas, todo lo contrario, no hay tecnicismos ni vocabulario esotérico, ninguna voluntad de confundir al lector. De cada filósofo se da una muy breve noticia biográfica y unas pinceladas escogidas de su pensamiento. La mitad del libro lo dedica a los siglos XIX y XX, época en la que han abundado las propuestas filosóficas de tipo social y político, y en el que a menudo los pensadores eran también revolucionarios y agitadores de masas. Se percibe en el autor de este libro la valoración que da a los filósofos según se hayan preocupado más o menos del bienestar y bien-ser de la inmensa mayoría de la población, y en realidad observamos como lamentablemente en los últimos tiempos la filosofía ha ido perdiendo relevancia social para quedarse recluida en círculos académicos.

miércoles, 11 de octubre de 2017

Sedición en Cataluña/ Sólo un Sócrates podrá salvarnos



García Trevijano arremete contra la visión de España orteguiana, como proyecto subjetivo de vida en común que tanto daño está haciendo. España es un producto de la historia, un hecho que viene de atrás, no fruto de voluntades como incluso el rey Felipe VI dejó caer en su discurso. A buenas horas mangas verdes.

Los franquistas de ayer quieren hoy "separarse" pero no hay narices para echarse al monte.

Pero dejando aparte el teatro nacional que no se sabe muy bien donde quiere llegar traigo a Zizek una vez más que trata de filósofos revolucionarios y filósofos normalizadores, hoy Sloterdijk y Habermas.

SACANDO CONSECUENCIAS

(Recensión y crítica de Sacando consecuencias (Una filosofía para el siglo XXI), tecnos, Madrid 2017.)

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Una metafísica inferencialista

Jesús Zamora Bonilla (1), catedrático de filosofía de la ciencia en la UNED, ha escrito un libro valiente y ameno, en el sentido en que puede ser ameno un libro de filosofía: valiente porque se atreve con una tesis propia, autorizándola con argumentos originales y bien hilvanados más que con citas o argumentos de autoridad; ameno, porque combina graciosamente el relato significativo y el discurso declarativo.

Toda su obra –o, al menos, una parte considerable de la misma- se anuda a partir del principio de que la acción de inferir es el proceso cognitivo primario: “una cosa está viva si es capaz de sacar consecuencias”. Esto mismo se contradice, o por lo menos contrasta, con la pretensión de elaborar una filosofía sin fundamentos, de “desinflar la metafísica”.

domingo, 3 de septiembre de 2017

DE LA INQUISICIÓN AL FEDERALISMO









El libro de un filósofo ubetense “Historia del poder político
en España” me parece una obra fundamental para entender nuestro pasado y
nuestro presente. No se puede vivir en la ignorancia y el desprecio hacia la
historia, es básico conocer los hechos como primera medida, y como segunda
reflexionar sobre ellos, que es lo que hace José Luis Villacañas.